Cuentoscuro

Cuento de Terror – La Mejor Imagen
"Darkroom mock-up". Foto publicada por shankar s. en Flicker.

Cuento de Terror – La Mejor Imagen

Cuando despertó, supo que le habían arrancado los ojos. Quiso gritar, aterrada, pero no por perder sus perspicaces ojos marrones. Ni siquiera por despertar maniatada por la espalda, en una silla incómoda, y con una venda que tapaba el lugar donde, alguna vez, estuvieron sus ojos. El terror provino porque, aún sin ojos, podía ver por uno de ellos.

Su ojo derecho, tan juicioso como Fabiola, la miraba de frente. Observaba el terror de sí misma y con el aspecto desaliñado en que la mantenía su secuestrador.

Quedó inconsciente mientras investigaba el departamento de Gerardo, el fotógrafo, para averiguar el paradero de Massiel. La chica se había esfumado sin que a nadie pareciera importarle. La curiosidad y la intuición llevaron a Fabiola a escabullirse en ese lugar y, aunque no pudo encontrarla, se imaginó lo que el fotógrafo le había hecho a su propia novia.

Ahogó un grito mezcla de terror, pena, suspenso, impotencia y arrepentimiento. Callo todo. Gerardo entraba al cuarto de revelado donde Fabiola permanecía secuestrada y simular su muerte era su mejor opción por el momento.

El fotógrafo colgaba el revelado de sus fotografías. La luz roja acentuaba el aspecto macabro de su rostro inocente: afeitado, bien peinado, y con los lentes siempre en su lugar. Nadie, nunca, habría sospechado de él. Nadie menos Fabiola. Nunca se fió de su displicencia. Se paseaba entre Fabiola y su ojo con una foto que Fabiola identificó como su futuro. Una chica baja, blanca y de pelo negro yacía en el suelo con varios cortes sobre su cuerpo. Determinismo, cansancio, locura, sufrimiento; la foto representaba la muestra perfecta de la agonía.

Acabaría igual que Massiel. Y Fabiola ansiaba sobrevivir.

Esperó a que Gerardo terminase de colgar las fotografías. Ahora trabajaba con una especie de pinzas alrededor de su ojo. La oportunidad era ideal; el artefacto que contenía su ojo absorbía toda la concentración del fotógrafo. Solo rezaba para que no cometiera un error que la dejase sin visión.

Desató sus manos con cuidado. Tuvo suerte, la amarra estaba floja. Se levantó e intentó coordinar sus movimientos. La sensación de verse a sí misma tras la cabeza de su captor era extraña, íntima, pero indiferente.

Fabiola necesitó más tiempo para procesar la rápida secuencia de eventos que pasaron a continuación. Golpeó con ambas manos cerradas en la cabeza de Gerardo. Medio noqueado, él trato de voltear y defenderse. Fabiola alcanzó un marco junto a un escritorio y le dio de lleno en la sien. Sintió un ligero regocijo al cobrarse venganza por la treta de ese psicópata.

Supuso que pronto despertaría. Sin perder tiempo, tanteó alrededor de su ojo. Una caja plástica, pesada. La tomó entre sus manos, apuntó al frente y salió del cuarto oscuro.

El living del departamento seguía igual de ordenado, seguramente, para no levantar sospechas. Fue a la puerta y giró la manija. La puerta no se abrió.

Alrededor no había nada para abrir. Presa del pánico, se dirigió a la cocina, el único lugar donde encontraría las herramientas para su salvación.

A pesar de que sostenía su visión entre sus manos, no quería mirar. Intuía lo terrible. Se acercó lentamente, temerosa ante un eventual espectáculo macabro; entre las esperanzas de huir ojalá sin ver los alcances del largo brazo de la muerte.

Las huellas de sangre en el piso no distrajeron a Fabiola de su objetivo. Se dirigió directo a los cajones, en búsqueda de algo contundente para golpear la manija. El machacador de carne fue su mejor alternativa. La sangre seca indicaba su reciente uso. Si veía a Gerardo otra vez, se aseguraría de agregarle algunas manchas más.

Una tenaza se aferró a su tobillo. Su propio grito casi le arrancó la cámara de las manos. Enfocó abajo. Massiel se aferraba a la vida con sus últimos suspiros. La venda corrida mostraba las cuencas donde una vez hubo unos bellos ojos verdes.

—Mátame, por favor la voz ronca de Massiel apenas era audible—. No aguanto verme así.

Fabiola giró la cabeza al oír algunos ruidos en el cuarto oscuro. En la urgencia, abandonó a la chica a su suerte. La chica sobreviviría para confirmar su historia… Si era la voluntad de Dios.

Desoyó los lejanos gritos de Massiel clamando por ayuda. La manija requirió de toda su concentración. Golpeó, furiosa y frenética, hasta que la manija cedió.

Por fin libre.

Nadie te va a creer dijo Gerardo, a su espalda. Para el mundo no tienes ojos. ¡Estás ciega! No puedes ver nada.

Fabiola empuñó el machacador mientras protegía la pequeña caja entre el pecho y la mano. Gerardo se mantenía erguido; sangraba por la cabeza. El silencio envolvía al fotógrafo en un aura peligrosa. Fabiola abandonó cualquier intento de ataque ante el miedo de una represalia.

Cuéntame qué es lo que ves dijo Gerardo, con la inexpresividad de siempre.

Notó la cámara en la mano del fotógrafo cuando él la interpuso entre ambos. El lente llevaba la tapa protectora. Fabiola tragó saliva. «Sabía» que ese juego no traería nada bueno.

¡Sonríe!

Gerardo apuntó la cámara y retiró el protector. Su cerebro casi se partió del shock.

Fabiola también veía por su ojo izquierdo.

Ambos ojos mirándose, el uno al otro. En el derecho, la imagen de un psicópata retorcido, en búsqueda de la mejor imagen. En el izquierdo, se veía a sí misma con la venda en los ojos, asustada, contrariada con la explicación de aquel fenómeno imposible.

Y al medio, sus ojos marrones. Grandes, abiertos, observadores. Se juzgaban a sí mismos en el morbo de su propia anatomía, inyectados en sangre, abriendo y cerrando las iris al capricho del enfoque del fotógrafo.

Las piernas le fallaron. No estaba preparada para procesar su doble imagen. Ninguna cabeza cuerda es capaz de comprender ambos lados de la misma historia al mismo tiempo, con tan poco tiempo. Fabiola caía desmayada, a su suerte.

«¡CLICK!»

Las fotos de la exposición hicieron furor en los críticos. La audiencia se rindió a los detalles impresionantes de las actividades personales en una ciudad tabú. Menores de fiesta, drogándose en sus casas mientras sus padres los dejaban a su suerte, confiados en sus «buenas» enseñanzas. Infidelidades de vecinos con extraños, algunos pagados para el momento, otros comprándose el boleto a la felicidad con sus superiores. Peleas cruentas al interior de hogares que, fuera cual fuera el motivo, abandonaba cualquier asociación de una buena fachada con una familia feliz y unida. Todas las imágenes capturaban y juzgaban por sí mismas con lujo de detalles.

Cuando le preguntaron a Gerardo sobre el secreto de sus fotografías, hizo reír a todo el mundo con la sinceridad de su respuesta:

—Verás que los ojos de los entrometidos son muy observadores.

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